Eje 3
La falta de tiempo para comer es el factor principal del descuido de los hábitos alimenticios de los alumnos universitarios. No es que no quieren comer, es que el sistema no les da el tiempo. El deterioro de los hábitos alimenticios de los estudiantes no es causado por falta de voluntad, sino por condiciones estructurales del entorno escolar que impiden comer a tiempo, bien y de forma accesible.
La mayoría llega con la intención de cuidarse y mantener una rutina, pero el propio funcionamiento del campus lo impide. Cuando un alumno pasa más de 10 a 12 horas dentro de la universidad, sus horarios de comida dependen totalmente de los huecos que deja el plan de estudio y de la eficiencia de los servicios de alimentación.
En la UAA, esa eficiencia es poca, pues, aunque la mayoría de los locales ofrece opciones saludables, todas comparten la misma falla: el tiempo de servicio. Los timepos de espera son bastantes largos; la mayoría de los estudiantes esperan de entre 15 a 30 minutos para ser atendido dentro de los horarios en los que los alumnos salen de clase. El estudiante debe invertir un largo tiempo solo para ser atendido y, después, un segundo tiempo para esperar a que su comida sea preparada. Dos esperas que, sumadas, superan el tiempo real que tiene para comer.
Demasiada demanda vs poca oferta, es decir, las dos esperas se deben a que hay demasiados estudiantes, pocos locales y en estos, el personal no es suficiente para atender a un gran número de estudiantes juntos. A esto le sumamos que no atienden solo a los alumnos, sino también al personal administrativo, al personal de mantenimiento y a docentes de la universidad.
Ante esta dinámica, la decisión del estudiante deja de ser nutricional y se vuelve logística. Ya no elige lo que quiere o lo que necesita, elige lo que puede alcanzar a comer sin llegar tarde a su siguiente clase. Por eso muchos terminan saltándose comidas, comiendo en menos de cinco minutos, de pie y con prisa, o recurriendo a la comida rápida, no por preferencia, sino por velocidad. Esto también afecta en el incremento del consumo de snaks ultra-procesados porque son más rápidos, dañando más la salud alimenticia de los estudiantes.
De esta forma, una oferta que en teoría es saludable, en la práctica se vuelve inaccesible. El descuido de la alimentación no es entonces un descuido personal, sino la consecuencia directa de un sistema que obliga al estudiante a poner su alimentación en segundo plano para poder cumplir con lo académico.
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